1/04/2009

BUSCANDO IDENTIDAD (EL DIA NORMAL DE UN DESPLAZADO)

DOS COSAS PUEDEN LLEGAR A SER FATALES EN LA VIDA DEL SER HUMANO:LA ACCIÓN Y LA OMISION, INFORTUNADAMENTE ESTAS DOS OPCIONES SE CONVIERTEN EN UN CARMA CUANDO QUIEN EJECUTA U OMITE ES EL MISMO GOBIERNO.

BUSCANDO IDENTIDAD (EL DIA NORMAL DE UN DESPLAZADO)

Son las cuatro de la mañana, hace mucho frío y como casi siempre en esta ciudad llueve sin parar y la niebla no se disipa. Albeiro emprende su viaje apenas con el tiempo y las monedas necesarias para tomarse un tinto que le ayude un poco a espantar al frío y de paso a engañar al hambre. Albeiro se dirige a una unidad de orientación que ha dispuesto el gobierno para desplazados, el viaje es incomodo sobre todo si se detiene a pensar que debe caminar varios kilómetros bajo la lluvia y en una ciudad que desconoce y que de vez en vez le causa miedo; pero Albeiro sigue adelante y en sus ojos se nota un halo de esperanza que lo ha cobijado desde unas seis semanas atrás cuando uno de esos funcionarios del gobierno de presencia honorable de saco y corbata puso la mano sobre su hombro y le dijo “que no se preocupara que este tramite no demoraba y que más rápido que ya le daban solución a su situación”,si, con esa misma esperanza, la que tienen las personas como Albeiro que se han despertado con el canto de las aves y sintiendo el abrazo de la naturaleza en su diario vivir de cultivo, de arado, de pastoreo, de campo, de ese campo del que debió salir dejándolo todo cual vil delincuente por que unos delincuentes así lo decidieron, y aun así agradece a la vida por la vida misma, la de él y la de su compañera, la vida de ambos y la de sus cuatro muchachitos, la vida, que fue a lo único que se aferró cuando perdió todo lo demás. Mientras caminaba a paso constante con sus manos en los bolsillos y con una capucha gigantesca que alguien le vendió baratica para sobrellevar el frío; recuerda que esa primera vez lo atendieron muy bien pues casualmente ese día estaba allí un canal de televisión haciendo un reportaje, si… lo atendieron muy bien y hasta un mercadito le regalaron, aun que en verdad ese mercadito solo les duró unos quince días y también aprendió que “acá en las grandes ciudades se come diferente”, sobre todo cuando no se tiene nadita de dinero. Lo difícil fue de allí en adelante para resolver el pago de la piecita, para tratar de recuperar el sueño cuando en las noches lo despertaban esas pesadillas desgarradoras y para afrontar la vida a los cuarenta y tantos sin saber hacer otra cosa que cosechar el pan que la naturaleza fielmente le facilitaba. Esas “ayudas humanitarias” jamás se vieron y los pajaritos que le pintaron volaron tan lejos que ya nunca los volvió a ver, pero se decía así mismo entre balbuceos: “así es la vida viejo Albe”, pero que va, en el fondo sabía que la vida no debería ser así. Llegó al puesto de atención faltando diez para las cinco pero delante de él ya había una fila como de cuarenta personas y pensó: ¿cuan grande será la necesidad de toda esta gente? A las ocho y diez al fin comenzaron a repartir unos fichitos, Albeiro miró su número y era el sesenta y dos, sabía que no le correspondía ese número pero no discutía por que aprendió también que así eran las cosas en la ciudad y tenia que acostumbrarse. Estuvo allí esperando toda la mañana y al fin lo atendieron después de medio día, pero la respuesta a su visita fue:-no se preocupe señor que igual usted no tiene tanto tiempo en esta situación como otras personas, yo le aconsejo y se lo digo como amigo “trate de buscar algo que hacer mientras se le resuelve que papá gobierno a veces no puede hacerlo todo”. Ese día definitivamente Albeiro pensó algo paradójico: ¿Qué era más cruel, la impotencia ante las armas y los camuflados de los violentos o la impotencia ante los trámites, papeleos y corbatas del gobierno? Menos mal Albeiro ya había aprendido a limpiar el vidrio de los carros en los semáforos, aun que con algo de torpeza aun en sus movimientos, pero hasta ahora le había servido para engañar al hambre y distraer al tiempo mientras el gobierno lo “ayudaba”. Salió de aquella oficina: ¡gracias doctor, yo sigo viniendo hasta que se den las cosas, que mi dios lo bendiga!, el hombre lo miró salir casi con indiferencia, esa indiferencia que se arraiga en el espíritu de los que han salido adelante con pocas necesidades y sin esfuerzos. Ya en la calle Albeiro sacó de su bolsillo una bayetilla roja y un tarrito de agua de jabón y se dispuso a “trabajar” en el primer semáforo que encontró a su paso, mientras se decía:-bueno hagámosle viejo Albe, mañana será otro día para regresar a lo de ala ayuda, pero hoy tienes que sobrevivir un día más-. Y se acercaba a los carros con aquella inocencia, la inocencia de una persona que valora al ser humano por lo que es y no por lo que representa, sin reparar si viste de camuflado o de corbata, la misma inocencia que se va diluyendo cuando crece la impotencia.

NELSON VILLARREAL
FUDEJU

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